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SURFSIDE, Florida. — La Florida moderna se construyó con condominios como Champlain Towers South.

“Un nuevo estilo de vida está evolucionando en Florida y con él, un nuevo hábitat, el condominio”, declaró la revista Florida Trend en 1970, cuando utilizó la palabra por primera vez. Los condominios prometían ser una entrada al sueño de Florida de sol y nuevos comienzos, y de forma asequible porque se podía compartir con unos cientos de vecinos.

La moda de los condominios se disparó en los años 70, y Florida, décadas después de la llegada del aire acondicionado, el repelente de insectos y el dragado de los pantanos, iba camino de convertirse en el tercer estado más poblado, un nuevo confín para constructores e inversores y una poderosa reivindicación para quienes buscaban la máxima recompensa de Florida: la vida en la playa.

Los residentes de Champlain Towers South llegaron a Surfside, Florida, de todas partes de América y de todos los ámbitos de la vida: adinerados propietarios de áticos que mantenían un pied-à-terre junto a la playa, jubilados de ingresos modestos que habían llamado al lugar su hogar durante décadas, judíos ortodoxos a pocas manzanas del templo, exiliados cubanos, neoyorquinos que se instalaban en el invierno. Fueron seducidos por la promesa de prosperidad y disfrute encarnada en los relucientes edificios que han definido el horizonte de Miami durante casi medio siglo.

Pero el desastroso derrumbe del edificio de 13 plantas en las primeras horas del 24 de junio puso fin a esas esperanzas, y desde entonces ha consumido a personas de toda la zona metropolitana de Miami, muchas de las cuales viven, han vivido o conocen a alguien en un condominio frente a la playa.

La tragedia ha obligado a algunos de ellos a cuestionar lo que creían saber sobre la seguridad de sus hogares. Y ha provocado una preocupante constatación de que quizás el sueño de Florida, tal y como lo conocían, está un poco roto.

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Los escombros de Champlain Towers South a finales del mes pasadoCredit…Maria Alejandra Cardona para The New York Times

“Cientos de kilómetros de playa, inviernos suaves, dunas de arena, palmeras, todo ese imaginario, pero sobre todo, la promesa de una vida mejor”, dijo Gary R. Mormino, profesor emérito de estudios sobre Florida en la Universidad del Sur de Florida, al describir lo que atrae a la gente al estado. “Para estas personas, ésta era la recompensa por el trabajo de sus vidas. Tener que morir tan repentina y trágicamente es terrible”.

Al menos 97 personas murieron en el derrumbe según dijeron las autoridades el miércoles.

Todavía se desconoce lo que provocó el derrumbe del edificio de 135 unidades, que necesitaba importantes reparaciones pero no se creía que estuviera al borde de la ruina, y es objeto de demandas e investigaciones. Los residentes que sobrevivieron han pasado las dos últimas semanas llorando la pérdida de sus vecinos, enterrando a los muertos y tratando de determinar cómo y dónde retomar las vidas que dejaron atrás en sus hogares destrozados.

Para algunos, será la decisión de permanecer o no en la costa de Florida.

Steve Rosenthal, un ejecutivo de publicidad de restaurantes de 72 años que vivía en la unidad 705, está buscando estrictamente alquileres en barrios de Miami continental como Coconut Grove, aunque ya se lamenta de que no podrá replicar el encanto de su antiguo condominio.

“No aprecias lo que tienes hasta que lo pierdes”, dijo.

Nicole Doran-Manashirov y Ruslan Manashirov, que se casaron en mayo, se habían mudado recientemente al edificio. Les encantaba estar a solo un viaje en ascensor de la arena, dijo Wendy Kays, una amiga que organizó una despedida de soltera para Doran-Manashirov, originaria de Pittsburgh. Los restos de ambos han sido encontrados entre los escombros.

“Si vienes a Florida y puedes permitirte estar en el agua, ¿por qué no?”, dijo Kays. “La gente sueña con ello, con estar en el agua”.

Una pequeña y hogareña ciudad frente al mar

En los boyantes años que precedieron a la crisis financiera de 2008, el pujante mercado inmobiliario de Florida había atraído a compradores de América Latina y Europa, muchos de los cuales pagaban en efectivo y rara vez habitaban sus unidades, dejando las enormes torres inquietantemente oscuras por la noche. Algunos edificios permanecieron semivacíos durante mucho tiempo después de la crisis económica.

La historia no fue igual en Surfside, que hasta cierto punto había estado protegido de los auges y caídas de Miami. Durante muchos años, fue pequeño y hogareño, uno de los pocos lugares con casas que estaban a poca distancia de la playa y con restricciones que limitaban la mayoría de los edificios a 12 pisos.

“Surfside era ese oasis alejado de la violencia de los vaqueros de la cocaína y de la era go-go de Miami Beach”, dice Alfred Spellman, originario de Surfside y uno de los productores de Cocaine Cowboys, un documental de 2006. “Era como si el tiempo se hubiera detenido”.

Pocos niños vivían en la ciudad. Muchas de las casas y condominios eran casas de invierno para jubilados. El restaurante local era el Sheldon’s Drugs, en la calle 95 y la avenida Harding, donde el escritor polacoestadounidense y judío Isaac Bashevis Singer, que solía invernar en Surfside, estaba sentado en una de las mesas cuando se enteró de que había ganado el Premio Nobel de Literatura en 1978.

Los habitantes del edificio eran inicialmente personas mayores y, en muchos casos, hispanos y judíos. Buscaban un hogar tranquilo (o una casa de vacaciones) y una sólida inversión inmobiliaria que algún día pudieran disfrutar también sus hijos y nietos. Algunas unidades compradas para un uso a tiempo parcial acabaron convirtiéndose en residencias a tiempo completo, especialmente cuando la política se deterioró en los países sudamericanos de los que procedían algunos de los compradores.

“Si uno se dedicaba a la construcción a finales de los años 70, Miami no era un destino turístico y los vecinos eran ancianos”, explica Spellman. “Tenías una clientela sudamericana, pero no eras un promotor de grandes negocios, con las llamativas ventas de condominios que vemos hoy”.

El edificio no estaba lleno de gente rica y ostentosa. Champlain Towers, con algunas unidades de condominio que aún hoy se venden unos 400.000 dólares, hizo que la vida en la playa estuviera al alcance, ojalá a largo plazo. Y a medida que la región de Miami evolucionaba, haciéndose más cosmopolita, las personas mayores y sus herederos vendieron unidades a profesionales y familias más jóvenes, que mantuvieron la mayor parte del edificio ocupado todo el año.

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Un artículo publicado en 1993 en The New York Times sobre Surfside, Florida, con fotografías de las propiedades de la ciudad frente al mar  y una nata de huevo en Sheldon’s Drugs.

Deborah Soriano, propietaria de una línea de trajes de baño para niños, vivió en el edificio durante un par de años en la década de 1980 tras mudarse desde Brasil y regresó hace unos seis años. Para ella, la torre era un lugar donde podía relajarse sin ser molestada. Se ausentaba la mayor parte del día por motivos de trabajo, pero le gustaba volver para recibir las sonrisas de sus vecinos, que entablaban conversaciones triviales en el ascensor.

En el interior, el edificio tenía un vestíbulo elegantemente decorado, pasillos alfombrados y grandes puertas dobles para cada unidad. Los estrechos balcones eran lo suficientemente grandes como para que entrasen un par de sillas. Los salones y las cocinas eran amplios y a menudo remodelados, a veces con granito brillante. El estacionamiento de abajo permitía a los residentes entrar con el auto y llegar a sus casas sin empaparse durante las tormentas de verano de Florida.

Pero los residentes señalaron múltiples signos de mal estado. La piscina se filtraba hasta el estacionamiento. Los pasillos necesitaban restauración. A medida que el edificio se acercaba a los 40 años, su asociación de condóminos contrató a un consultor de ingeniería, cuya inspección en 2018 encontró barras de refuerzo oxidadas y hormigón desmoronado que debían ser reparados. Para este año, el costo de las reparaciones necesarias se había disparado a unos 15 millones de dólares.

Paraíso perdido

Incluso antes del colapso en Surfside —que puede o no haber sido acelerado por la exposición del edificio al agua del océano, el aire salado y las mareas cada vez más altas y los oleajes de tormenta—, los efectos nocivos del cambio climático amenazaron con descarrilar la visión de Florida como un refugio paradisíaco. (Surfside es muy consciente de la amenaza: es la rara ciudad que ha previsto reservar dinero para pagar a las personas que puedan tener que alejarse del agua).

Frequently Asked Questions

It could take months for investigators to determine precisely why a significant portion of the Surfside, Fla., building collapsed in the middle of the night on June 24. But there are already some clues about potential reasons for the disaster, including design or construction flaws. Three years before the collapse, a consultant found evidence of “major structural damage” to the concrete slab below the pool deck and “abundant” cracking and crumbling of the columns, beams and walls of the parking garage. Engineers who have visited the wreckage or viewed photos of it say that damaged columns at the building’s base may have less steel reinforcement than was originally planned.

Condo boards and homeowners’ associations often struggle to convince residents to pay for needed repairs, and most of Champlain Towers South’s board members resigned in 2019 because of their frustrations. In April, the new board chair wrote to residents that conditions in the building had “gotten significantly worse” in the past several years and that the construction would now cost $15 million instead of $9 million. There had also been complaints from residents that the construction of a massive, Renzo Piano-designed residential tower next door was shaking Champlain Towers South.

Even though Florida’s high-rise building regulations have long been among the strictest in the nation so they could stand up to hurricane winds, flooding and rain, along with the corrosive effects of salty air, evidence has mounted that those rules have been enforced unevenly by local governments. Engineers are conducting a thorough review of Champlain Towers North, a nearly identical building, to determine whether it could also be vulnerable. In nearby North Miami Beach, residents of the Crestview Towers were swiftly evacuated after a report documented cracks and corrosion in the building’s structure. And Bal Harbour 101 is spending an estimated $4.5 million in repairs. Now, residents throughout the region who long glamorized oceanfront condos are debating whether they should put their homes on the market.

Entire family units died because the collapse happened in the middle of the night, when people were sleeping. The parents and children killed in Unit 802, for example, were Marcus Joseph Guara, 52, a fan of the rock band Kiss and the University of Miami Hurricanes; Anaely Rodriguez, 42, who embraced tango and salsa dancing; Lucia Guara, 11, who found astronomy and outer space fascinating; and Emma Guara, 4, who loved the world of princesses. A floor-by-floor look at the victims shows the extent of the devastation.

A 15-year-old boy and his mother were rescued from the rubble shortly after the building fell. She died in a hospital, however, and no more survivors were found during two weeks of a search-and-rescue mission. There had been hope that demolishing the remaining structure would allow rescuers to safely explore voids where someone could possibly have survived. But only bodies were found. There were 94 confirmed victims through July 12.

“Siempre pensamos que la mala noticia es un huracán”, dijo Michael Grunwald, periodista y autor de The Swamp: The Everglades, Florida and the Politics of Paradise.

Pero cada vez más, dijo, “va a haber una intrusión de agua salada que se mete con nuestra agua potable, y un aumento del nivel del mar que crea el problema de las inundaciones”.

“Este es otro tipo de desventaja”, continuó, “del tipo de negocio pirata que ha sido el sello de la experiencia de Florida”.

Pero la experiencia de Florida también ha consistido en que las familias llegan sin nada, o en puntos de inflexión clave en sus vidas, y empiezan de nuevo.

Tal fue el caso de Nancy Kress Levin, una matriarca cuya vida se desarrolló durante cuatro décadas en la Unidad 712. La compró nueva en 1981 tras llegar recién divorciada con sus dos hijos desde Puerto Rico, adonde se había trasladado tras la Revolución Cubana.

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Nancy Kress Levin con sus hijos, Frankie Kleiman, a la izquierda, y Jay Kleiman.  Levin vivió en Champlain Towers South durante cuatro décadas.

A lo largo de los años, el condominio se convirtió en una base para la familia de Levin, según recordaron sus parientes y amigos en su funeral la semana pasada. Sus siete nietos correteaban desde el ascensor hasta la puerta principal. Ella decoraba las paredes con sus fotos. Los viernes por la noche, sabían que debían acudir a sus apreciadas cenas de Shabat, en las que a veces servía arroz con pollo casero. Los amigos eran bienvenidos a pasar el rato en la playa y quedarse a dormir.

Levin, de 76 años, fue enterrada el 8 de julio junto con sus dos hijos, Frank Kleiman, de 55 años, que vivía en la unidad 702, y Jay Kleiman, de 52 años, que había estado en la ciudad para asistir a un funeral. En el derrumbe también murieron la esposa de Frank Kleiman, Ana Ortiz, de 46 años, y el hijo de Ortiz, Luis Bermúdez, de 26 años.

El Atlántico es ahora visible desde la Avenida Collins, a través del enorme agujero donde se encontraba Champlain Towers South. Un enorme edificio diseñado por el arquitecto estrella Renzo Piano proyecta una sombra desde al lado, su enorme tamaño y su reluciente lujo —el proyecto fue aprobado por la ciudad de Miami Beach— un agudo contraste con el pequeño Surfside, al que ahora le falta el edificio que solía estar a la entrada del pueblo.

“Para cualquiera que haya pasado una parte considerable de su vida en el sur de Florida, uno de sus primeros pensamientos será: ¿esto es una combinación de incompetencia y corrupción?”, dijo Spellman sobre el colapso. “Desgraciadamente, esa es la época y la forma en que se llevan a cabo los negocios aquí”.

Pero, casi al mismo tiempo, señaló que rara vez sale de la isla barrera donde nació.

“Cuando nos graduamos en la secundaria, la gente se iba a la universidad, y yo decía: ‘¡Van a acabar aquí de todas formas; todo el mundo acaba en Florida!’”, dijo. “¿Por qué irse? Es el paraíso. A pesar de todas las pruebas y tribulaciones, es el paraíso”.

Giulia Heywardy Nicholas Bogel-Burroughs colaboraron con la reportería.

Patricia Mazzei es la jefa de la corresponsalía en Miami, que cubre Florida y Puerto Rico. Antes de unirse a The New York Times, era redactora de política en The Miami Herald. Nació y creció en Venezuela. @PatriciaMazzei | Facebook

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